Pestañas

miércoles, 25 de enero de 2012

Capítulo 3: Una nueva realidad


El comienzo de un nuevo día era marcado por el sol que poco a poco hacía su aparición en el cielo algo nublado de aquella mañana, mientras que la joven Redbird se había levantado temprano debido a que era día de semana y debía asistir a clases, no se podía decir lo mismo de Payton y Greis, la última no había logrado conciliar el sueño fácilmente debido a que lo ocurrido el día anterior no dejaba de rondar por su cabeza, en especial las últimas palabras que habían sido dirigidas hacia ella… “estamos por verla”, aquello la intimidaba bastante ¿qué podría mostrar ella? Roberts tenía las artes marciales, la lucha cuerpo a cuerpo y Cheryl su habilidad con las armas, pero… ¿Qué había de ella? ¿Qué le harían hacer? ¿Cuál sería su talento o su trabajo dentro de esta organización a la cual la habían metido a la fuerza? Fueron horas de pensar y pensar hasta que finalmente el cansancio pudo más y se durmió alrededor de las 4 de la madrugada, en cambio sus compañeras, amigas y confidentes, en cuanto se encontraron en sus camas debieron luchar un poco por no caer presas del sueño en el instante y es que el cansancio tanto físico, como mental de la situación les estaba pasando la cuenta.

Cheryl se dirigió a clases, trato de hacer su día lo más normal posible, pero aún así no lograba concentrarse del todo y era lógico, ya que a ella también la acosaban un montón de preguntas, se cuestionaba que sería de ella ahora, cómo esto cambiaría su vida actual y en especial como afectaría su futuro.

- Señorita Redbird –le llamó la atención una de sus maestras- sería tan amable de volver a la realidad y darme el resultado de este ejercicio –finalizó señalando la pizarra en la cual podía ver una cadena de carbonos e hidrógenos, la cual se quedó analizando unos minutos pensando qué es lo que debería hacer hasta darse cuenta que simplemente se trataba de nomenclatura.
- 2-metil-1,3-butadieno –respondió no muy segura.
- Por favor háganos el favor de no volver a perderse en sus pensamientos y manténgase pendiente de la clase –fue la respuesta que la profesora le dio, a lo que la joven respondió con un leve asentimiento de su cabeza.

Y de esta forma mientras el día escolar de Cheryl continuaba el de Payton recién estaba comenzando, se levanto con una extraña sensación, mientras más pensaba y le daba vuelta a sus recuerdos más pensaba que había sido un loco y estúpido sueño, tan así que terminó convencida de que nada había sido real, tan solo un invento de su sub-consiente. Por lo que decidió darse una ducha, tomar una taza de café, acompañarla con un sándwich y partir camino a su amado gimnasio, claro que en este se encontraba una pequeña sorpresa esperándola.

Al cruzar las puertas de aquel recinto se encontraba tan ida que apenas y se dio cuenta de que no se encontraba sola, hasta que el muchacho que estaba en el lugar hizo notar su presencia a la joven al aclararse la garganta para hablar, a lo que la muchacha respondió dándose la vuelta buscando al responsable de aquel sonido, hasta que lo encontró, entre las sombras al otro lado del gimnasio.

- Oh, lo siento… no esperaba que hubiera alguien más, normalmente está vacío –comenzó a disculparse la joven dispuesta a marcharse y volver más tarde o quizá otro día.
- Payton querida, lamento informarte que esos días terminaron –respondió aquel chico a la vez que salía lentamente de entre las sombras, refiriéndose al encontrar aquel gimnasio vacío.
- ¿Quién eres y por qué sabes mi nombre?
- ¿Es que te olvidaste tan rápidamente de mi? Nos conocimos anoche ¿lo recuerdas? Soy Chris, tu nuevo tutor –finalizó haciendo un gesto con su cabeza a modo de saludo.

Y de esta forma la verdad golpeó a la joven Roberts como un balde de agua fría en pleno invierno y es que nada de lo que había pensado un sueño había sido así, realmente las habían secuestrado dos veces en una noche, en realidad le habían hecho una prueba y finalmente… ella SI formaba parte de la mafia ahora, comenzó a examinar a su acompañante y definitivamente era a quien habían designado la noche anterior para ayudarla a entrenar, mejorar su técnica y aprender cosas nuevas, era aquel muchacho al que habían nombrado su tutor pasando a llevar las opiniones de que la persona más adecuada para el trabajo era Nathan a la vez que pedían que este último se quedara exento de esta situación o al menos del entrenamiento de esta muchacha.

- ¿Qué haces acá? –pregunto Payton.
- ¿No es obvio? Vengo a ayudarte con tu entrenamiento, llevo un rato acá revisando el equipamiento de este lugar y definitivamente no es suficiente para lo que tengo en mente practicar y enseñarte, así que si eres tan amable de acompañarme.
- ¿A dónde?
- Payton, por lo que pude notar anoche eres una chica muy buena para preguntar y que no se deja pasar a llevar tan fácilmente, pero si vas a estar dentro de esto debes aprender a preguntar menos y obedecer más.
- En ningún momento pedí ser parte de esto, ustedes fueron quienes nos incluyeron en todo sin siquiera preguntarnos.
- Si les hubiéramos preguntado probablemente hubieran dicho que no… además no es como si pudieran negociar mucho con la mafia –respondió Chris riendo- ahora, como dije anteriormente, si fueras tan amable de seguirme.
- Y yo reitero… ¿A dónde vamos?
- Eres testaruda… me agrada, ven conmigo, nos iremos a un gimnasio mejor equipado y más adecuado para tu entrenamiento –respondió finalmente.

Y de esta manera finalmente Roberts accedió a seguir a su nuevo tutor hacia la calle en donde los esperaba un auto negro con el motor en marcha listo para partir. Sin nada que poder hacer la chica simplemente subió al vehículo mientras que Chris le arrebataba su bolso con ropa de cambio y otras cosas de las manos y la metía al portaequipaje junto al bolso que el mismo llevaba, probablemente con lo mismo, para luego sentarse a su lado, hacer una seña al que se encontraba frente al volante y partir rumbo a su nuevo lugar de entrenamiento.

Mientras todo esto pasaba la joven Wright seguía envuelta en las redes de Morfeo tratando de recuperar el sueño que había perdido al quedarse pensando hasta tan altas horas de la noche, pero pronto el hambre fue más grande que el sueño provocando que la castaña despertara de su sueño algo atontada, aunque tampoco era tan tarde, eran recién las 11.30 de la mañana por lo que había dormido tranquilamente unas siete horas que si bien no eran las 8 mínimas necesarias era suficiente para ella, pero en cuanto vio la hora en el reloj de su celular se sobresaltó, ya estaba tarde para su turno en el trabajo debía estar allá hace 30 minutos, lo cual sumando el tiempo gastado en el trayecto desde su hogar hasta su lugar de trabajo significaba que estaba tarde en al menos una hora y eso sin contar que aún se encontraba en pijama, por lo que se apresuró en cambiarse ropa y salió de su casa sin siquiera preocuparse de tomar algo para comer en el camino, pero toda la prisa que llevaba se vio interrumpida en cuanto cerró la puerta de su casa y vio estacionado un auto justo frente a su casa, un hermoso y lujoso auto de color negro en el cual un hombre se encontraba recostado, lo reconoció en el instante, se trataba de Thomas el chico que la entrenaría y ayudaría a encontrar algo en lo que fuera buena.

- Tardaste bastante en salir –dijo el moreno con una sonrisa en su rostro.
- Lo siento, me quedaría a charlar pero voy tarde a mi trabajo –respondió Greis tratando de esquivarlo.
- Ya no más… renunciaste a tu empleo.
- ¿¡Qué!? Yo no hice nada de eso –respondió algo alterada.
- Tu directamente no, pero si vas a trabajar conmigo necesitarás más tiempo que el que disponías, eso sin añadir que lo tuyo será todo un reto, deberé enseñarte un montón de cosas para ver con cual de todas tienes más afinidad y facilidad.
- No, tu no entiendes… con el sueldo de ese trabajo yo me mantengo, sin eso no puedo mantener mi casa, no puedo pagar mis cuentas ni mucho menos mantenerme a mí.
- Al parecer tu eres la que no entiende, ahora eres parte de la mafia Wright –dijo Thomas cambiando su tono por uno un poco más serio-, lo que significa que si haces lo que te ordenan y complaces al jefe puedes ganar suficiente como para mantener tres casas como estas con cinco habitantes en cada una, así que basta de reclamos y excusas baratas y sube al auto que hay trabajo que hacer.
- Debes estar de broma.
- ¿Te parece que bromeo? –añadió lanzándole una mirada que dejaba en claro que hablaba en serio y que estaba comenzando a perder la paciencia, por lo que sin decir nada más decidió subir al auto ubicándose en el asiento trasero mientras que Thomas lo rodeaba para subir en el asiento del conductor y emprender la marcha a quien sabe dónde, pero en cuanto encendió el motor el estómago de Greis delató el hecho de no haber desayunado, por lo que Thomas le lanzó una mirada a través del espejo retrovisor- ¿Hambrienta? –dijo recuperando su tono tranquilo y simpático.
- Si, algo –admitió a la vez que el rubor subía a sus mejillas.
- Entonces creo que haremos una escala en nuestro trayecto, compramos un par de hamburguesas y luego… ¡a trabajar! –Dijo riendo- y es que no se puede pensar bien con el estómago vacío.
- Gracias –soltó la joven Wright en un susurro.

Mientras el entrenamiento comenzaba para las dos mayores la joven Redbird aún debía soportar un par de horas más de clases, o al menos eso era lo que ella pensaba ya que durante el receso anterior a la hora de almuerzo el inspector se acercó a ella para comunicarle que la había venido a retirar, la chica algo sorprendida preguntó inmediatamente quien era la persona que había firmado la autorización que le permitiría eximirse del resto de las clases del día y marcharse a su hogar a lo que le respondieron simplemente ‘tu tío’, la chica aún confundida ordenó sus cosas y se marchó para encontrarse a Kenneth esperándola en la recepción.

- Al fin llegas querida, es hora de marcharnos o llegaremos tarde –le dijo mientras la guiaba fuera del recinto mientras le dirigía una sonrisa a la secretaria presente.
- ¿De qué se trata esto? –preguntó Cheryl al encontrarse ya fuera de la mirada de cualquier funcionario del colegio.
- Entrenamiento –respondió cortante su acompañante.
- Espera… es decir que me retiraron de clases, ¿perderé al menos unas cuatro horas de clases y so solo porque a ustedes se les ocurre programar un entrenamiento?
- Corrección, no se nos ocurrió, se le ocurrió al señor Fitzroy –el solo oír su nombre hizo que la furia mezclada con confusión se calmara en el interior de la joven.
- Y… ¿esto será todos los días? Porque si es así terminaré repitiendo el año, un lujo que no me puedo dar… estoy comenzando con los exámenes finales.
- Claro que no, no sabemos cada cuanto será, pero no te retrasarás en tus clases, de eso puedes estar segura, además de que estamos al tanto de tus pruebas, es por eso que esperamos hasta esta hora para retirarte, ya que el señor Fitzroy exigió que el día de hoy a ustedes de les diera un entrenamiento inicial para ponerlas al día de todo lo que será esto –comenzó a explicar aquel alto hombre de oscuros rizos-, quiere que conozcan los lugares en los que se entrenaran, quiere que se familiaricen un poco con el nuevo entorno.
- ¿Se familiaricen? ¿Plural? –preguntó
- Claro, tus amiguitas también fueron abordadas estas mañanas por sus respectivos tutores –le aclaró Kenneth- ahora basta de charlas, se nos hace tarde, así que sube al auto –finalizó la charla abriéndole la puerta de un hermoso y lujoso auto color negro al cual la colegiala subió sin decir más nada, resignada ya a poder hacer cualquier acotación o reclamo por miedo a las repercusiones que sus palabras pudieran tener, aún recordaba como David Fitzroy había reaccionado el día anterior simplemente por unas opiniones y sugerencias de algunos de sus hombres.

sábado, 14 de enero de 2012

Capítulo 2: Pruebas.

Está bien, nada tenía sentido. Habían tomado un café y mientras lo hacían, asaltaron el lugar y se las llevaron de rehenes. Luego, gente de la mafia las salvaba y ahora les cobraban por un favor que ni siquiera habían pedido. “Sigue sin tener sentido” –pensaron las muchachas mientras, nuevamente con los ojos vendados, esperaban amarradas en algún lugar que alguien les explicara qué estaba sucediendo.

-Sáquenle las vendas –ordenó una voz firme y autoritaria. Orden que rápidamente se cumplió.

Las muchachas se tardaron en enfocar el lugar. Era una especie de bodega enorme, con mucho espacio libre y muchos tipos rudos rodeándolas. Payton quedó frente al que sería el líder. Era un hombre de mirada fría, ojo negros. Vestía un traje del mismo color de sus ojos. No era tan grande como algunos de los que le seguían, pero había algo incómodamente intimidante en él.


-Tú –dijo el hombre dirigiéndose a Payton-. Me dijeron que sabes luchar.
-Sí –respondió con cierto recelo.
-Libérenla –ordenó sin antes dirigirle una mirada severa-. Y no intentes escapar, ni lo pienses.


Payton se quedó frente a él.


-Dime, ¿hace cuánto luchas? –preguntó el hombre de traje, caminando alrededor de ella.
-Hace nueve años –respondió ella, incómoda.
-Nueve años, bastante tiempo –repitió pensativo-. Y dime, ¿por qué empezaste?
-Eso es personal –dijo ella, desviando la mirada. No le iba a decir a un desconocido que desde la muerte de su padre, quería poder defenderse a sí misma. No le incumbía.
-¿Y qué hay de tu padre, Payton? –preguntó. Ella sintió que el corazón se le detenía. Bajó la cabeza.
-¿Qué sabes tú de él? –murmuró entre dientes, apretando los puños con furia.
-Yo no sé nada de él, dime tú –respondió casi burlonamente.
-No te incumbe absolutamente nada relacionado con mi padre –le gritó. Él sólo sonrió y se hizo para atrás.


La muchacha se quedó de pie sin saber qué era lo que seguía. El líder movió la cabeza y el mismo joven de la camioneta se puso frente a ella.


-Muéstrame tu magia, pequeña –dijo finalmente antes de hacerse completamente a un lado.


Payton no comprendió a qué se refería hasta que el muchacho se colocó en posición de pelear. Oh, a esa magia se refería. Mientras ella se preparaba frente a su contrincante, sus amigas no sabían qué hacer. Ella era una excelente luchadora, pero… ¿sería lo suficientemente buena como para luchar con él y salir ilesa en el intento?
Greis y Cheryl miraban la pelea sin comprender nada. Sus movimientos eran tan veloces que no se distinguía qué estaban haciendo. Payton intentaba liberarse de todo lo que aquél hombre removió en ella mientras lanzaba golpes a diestra y siniestra. Cheryl volteó lentamente e intentó observar la cara del líder, encontrándose sólo con una expresión neutra que, de un segundo a otro, mostró una pequeña sonrisa que duró menos de un pestañeo. Volvió a mirar hacia delante y vio cómo Payton sostenía al muchacho con facilidad en el suelo. Greis la miró y ambas estaban igual de estupefactas.


-¿Viste eso? –preguntó Greis en un susurro a su compañera.
-Sí –respondió de igual forma.


Un par de aplausos secos se escucharon y todos abrieron paso.


-Me impresionaste y eso es difícil, Payton –aceptó con una teatral reverencia-. Tienes mucho potencial. En cuanto a ti, Nathan, para la próxima ocasión pelea como realmente sabes hacerlo.


Él asintió con una sonrisa burlona luego de haber sido liberado por la joven Rogers.


-Ahora, Payton, por favor, vuelve a sentarte –pidió amablemente-. No te amarraremos. Eres la primera mujer que entra a nuestro grupo, te trataremos con el debido respeto.
-¿Qué? Yo no he entrado a nada –refutó sobresaltada.
-Lo hiciste desde que te rescatamos –respondió-. Te dijimos que no iba a ser gratis.
-Pero…
-Calla –dijo tranquilamente, pero con un tono difícil de contradecir.


Payton se removió en el asiento, sin embargo, ahí se quedó.


-Ahora, joven Redbird, por favor, levántese –dijo luego de haber ordenado con un gesto que fuera liberada-. Mis más sinceras disculpas, joven Wright, pero tu prueba es mucho más compleja que esto. Tendrás que esperar.


La muchacha se levantó confundida. No sabía qué podrían pedirle que hiciera.


-Hemos investigado sobre ti –comentó. Ella quedó descolocada. ¿En cuánto tiempo habían logrado inculcar tanto en sus vidas?-. Y hemos descubierto muchas cosas interesantes. ¿Curso de tiro? ¿Desde hace cuánto manejas armas?
-Mi padre me enseñó desde que tengo seis –respondió-. Cuando crecí me inscribió en algo más serio.
-Ya veo –dijo satisfecho-. También descubrimos sobre algunos torneos de Motocross, cuéntame.
-Siempre me han gustado los autos –respondió nuevamente-. Mi padre me enseñó mecánica y cuando ya sabía lo suficiente, me dejó subirme a una moto. Hace tres años conduzco y el año pasado gané un torneo de motocross.
-Oh, te gustan las armas y la velocidad –concluyó-. Me agrada. Ahora, bien, ¿qué arma usas?
-Una Glock 17C –respondió.


El hombre levantó una ceja. Miró a uno de sus colegas y él rápidamente trajo dos.


-¿Una o dos?
-Dos –respondió sonriendo.
-Bien, frente a ti, hay una bolsa de boxeo –relató-. Quiero que logres dispararle al punto rojo metros detrás de esa bolsa.
-Para eso sólo necesito una –respondió ella. Era bastante fácil.
-Dime, ¿eres ágil? –ella lo miró extrañado-. Supongo que te han entrenado.
-Sí –respondió.
-Bien, pasa los obstáculos que mis hombres están poniendo y dispárale a cada lata que veas en el aire. Finalmente, dispárale al punto rojo que ya te nombré.


Ella lo miró atónita. Sin embargo, había hecho cosas similares, no podía ser tan complicado. ¿O sí?
Miró a sus amigas, quienes le sonrieron animadamente, sin embargo, no pudieron esconder su preocupación. Ella tampoco.


-Y bien, ¿qué esperas? –dijo él.


“Oh, mierda” –pensó antes de cargar rápidamente las pistolas y comenzar a sortear los distintos obstáculos. Logró ir viendo las latas con facilidad, aunque había algunos obstáculos en los que debía hacer algunas de las piruetas que Payton le enseñó. No fue fácil, fue agotador. Se preguntaba cuántas latas más vendrían, no le alcanzarían las municiones. Sacó la cuenta de sus tiros y llegó a la conclusión que le quedaban dos tiros. Había dos latas en el aire y aún debía dispararle al punto rojo en la pared. Pensó mil soluciones en un segundo. Se decidió por un tiro con efecto que logró darle a ambas botellas con una sola bala. Quedó frente a la bolsa de boxeo y le disparó al punto rojo casi sin aliento.
Miró a sus amigas y las tres sonreían. Sin embargo, Greis, seguía preocupada. No tenía ninguna habilidad tan rápida de descubrir. No sabía qué prueba le harían.


-Interesante, señorita Redbird –dijo el líder-. Tome asiento junto a sus compañeras. Oh, y bienvenida al equipo.


Ella sólo lo miró sin decir nada. El hombre se dirigió a Greis.


-Tú eres la más complicada de las tres. Por ahora no puedo hacerte una prueba, no hay nada concreto respecto a ti. Sin embargo, sé perfectamente con quién te derivaré. Llamen a Thomas.


Su orden, como siempre, se cumplió velozmente.


-Él es Thomas, joven Wright. Es nuestro… científico, por así decir –presentó-. Quiero que trabajes con él. En un tiempo más tendrás tu primera prueba. Por ahora, eres bienvenida.
-Seguimos sin entender nada –dijo Greis.
-Es sencillo, niñas –respondió-. Ustedes, desde hoy en adelante, comenzarán un entrenamiento y trabajarán para nosotros como agradecimiento a su salvación.


Payton abrió la boca para hablar, pero él la interrumpió rápidamente con un gesto de mano.


-Sabemos que no nos lo pidieron, pero… ¿han pensado qué estarían haciendo ellos con ustedes en este preciso momento si no fuera por nosotros?


Las tres muchachas se miraron y asintieron débilmente.


-No se preocupen –dijo él, hincándose frente a ellas paternalmente-. Serán mis nuevas protegidas. Estar junto a nosotros les abrirá todo un mundo de posibilidades. Viajes, estudios, protección, lo que deseen. Sólo tienen que seguir mis órdenes y todo estará bien. Nadie tiene que saber de esto. ¿Entendido?
-Sí –respondieron al unísono.
-Muy bien –sonrió. Los hombres bajaron la guardia tras un gesto alegre de su líder-. Para que lo sepan, mi nombre es David Fitzroy, jóvenes –se volteó y miró a sus hombres-. Y ustedes, denle la bienvenida a sus nuevas compañeras y trátenlas como princesas. Son mis nuevas protegidas, ya lo he dicho. Y más que eso, son sus nuevas compañeras.


Todos asintieron sonriendo. Todos menos uno.


-Son sólo unas niñas –manifestó.
-¿Irás en contra mía? –respondió enarcando una ceja con recelo.
-No –dijo el muchacho. Era extraño, no se veía mucho mayor que ellas. Tal vez diecinueve o veinte años-. Es muy peligroso para ellas. Por algo no habíamos aceptado mujeres antes.
-Oh, Kenneth, cómo se nota tu falta de astucia –respondió él sonriendo mientras caminaba alrededor de las muchachas-. Las mujeres son la debilidad de todo hombre. Tener aliadas es mejor que tener un ejército. Y, por ahora, dos de ellas han demostrado que valen la pena.
-Sí, señor, pero…
-Para que te des cuenta de ello, Kenneth, me harás un favor –interrumpió rápidamente.
-A sus órdenes –respondió bajando la cabeza. Las tres lo miraron sorprendidas. ¿No se podía dar una simple opinión?
-Trabajarás con la joven Redbird –la aludida lo miró extrañada y él sólo asintió-. Y no la trates como una niña, por lo que vi, puede volarte la cabeza con facilidad en un descuido.
-Nunca asesinaría a alguien –interrumpió ella. Todos la miraron impresionados. Había interrumpido al jefe. Eso no era bueno.
-Ay, pequeña, eso lo veremos –respondió él con una sonrisa.


Ella abrió los ojos desmesuradamente y miró sus pies, ensimismada.


-Oh, Payton, querida, se me olvidaba otorgarte un tutor –dijo él.
-Yo podría –dijo Nathan.
-No, Nathan, tú mantente al margen de esto –respondió firmemente. Él sólo se alejó con cierta mirada de furia.


David miró a su grupo brevemente y se acercó a un muchacho de aproximadamente veinticinco años, grande, de cabello castaño y de ojos oscuros.


-Él es Chris, Payton, y será tu tutor –anunció-. Es un gran luchador.
-Señor, Nathan es el mejor que tenemos –respondió Chris-. ¿No sería mejor…?
-¡No! –exclamó-. Ya he dicho que él quedará a un margen de esto, ¡y punto! ¿Entendieron todos? ¿O debo decirlo de nuevo?
-No, señor –respondieron los hombres rápidamente.
-¿Alguna objeción, Chris?
-No, señor, lo siento –respondió tímidamente.
-Muy bien, entonces, están oficialmente dentro, pequeñas –anunció-. Mis hombres las irán a dejar sanas y salvas a sus hogares. Nos veremos pronto. Estaremos en contacto.
-¿Y cómo? –preguntó Greis.
-He averiguado cosas más complicadas que un número de teléfono, joven Wright –respondió sonriendo-. Ahora, por favor sigan a estos dos caballeros. Rogers, Redbird, nos dieron una magnífica demostración. Señorita Wright, estamos por verla.


Las tres muchachas caminaron sin decir nada hacia la camioneta, guiadas por dos de los hombres de David. Había sido un largo y agotador día. Se habían simplemente juntado a tomar un café, habían sido tomadas como rehén y ahora resultaba que iban a trabajar para la mafia. ¿Faltaba algo más? ¿Esto había pasado en serio? ¿Era si quiera posible?
Llevaban veinte minutos de viaje cuando el celular de la joven Wright registró un mensaje.


“No se preocupen por el tema de los ladrones, pequeñas. Eso ya está resuelto. Saldrán tres actrices bastante similares a ustedes en las noticias y los ladrones serán de mis hombres. Sólo una pantalla, nadie irá preso. Y, respecto a los verdaderos, estamos divirtiéndonos un rato con ellos. Todo bajo control. Suerte”.


Las tres se miraron con duda en sus ojos. Se preguntaban qué sería de ellas de ahora en adelante. Se preguntaban qué tendrían que hacer. Todo parecía demasiado complejo, demasiado extraño. Jamás imaginaron que sus vidas tomarían rumbos tan alejados de la realidad. Y es que esto parecía un mundo paralelo.
De un momento a otro, sin darse si quiera cuenta, cada una estaba tirada sobre su cama, en sus hogares, pensando, reviviendo mentalmente su día y preguntándose cosas que, por ahora, no tenían una respuesta. O quizás, nunca la tendrían. Eso lo diría el destino y, además de él, otra mitad de las respuestas estaban en David Fitzroy, su nuevo… jefe.

viernes, 30 de diciembre de 2011

Capítulo 1: Reinicio.

Llevaban días sin verse, no tantos como expresaban, pero para ellas eran una eternidad. Se desenvolvieron hablando como hace mucho, problemas, bromas, risas, imaginaciones, ideas y debates, de todo un poco el tiempo avanzó. Un par frapuccinos más tarde acompañados de unos deliciosos Muffins de chocolate, zanahoria y moras, hasta cuando el sol ya estaba oculto y ya era casi la hora de marcharse, lo cual ninguna quería hacer.

—Unos minutos más, después de todo te vamos a dejar o acompañamos a tu casa, no creo que sea problema —sugirió la chica de ojos grises con una sonrisa después de un pequeño puchero al ver la hora.

—Si, apoyo eso, no quiero que nos marchemos aún —secundó Payton mirando de forma en que los ojos le brillaban a la más pequeña del grupo en edad, mas no en madurez.

—Está bien —sonrió divertida y convencida la joven Redbird, qué serían 5 minutos más después de todo.

En esos instantes un corte de luz ocasionó desordenes y gritos en el lugar, vidrios estallaban fuertemente, junto con otros caos que provenían por culpa de un individuo dentro local que empujaba muebles en la oscuridad.

Las tres chicas se mantenían unidas por sus brazos calmándose entre ellas.
Cerca de ellas sin pasar mucho rato pudieron escuchar un tipo que asaltaba la caja registradora del lugar. Más acostumbradas a la oscuridad, una de las chicas, Payton, la que sabía luchar, se acercó tratando de evitar la situación con una patada.

—Creo que no, cariño, mejor que no te hagas la heroína —amenazó sujetando su pierna y apuntándola con su pistola, el miedo la congeló parcialmente en medio de los recuerdos que le venían de su infancia.

—¡Déjala! —chilló la joven Redbird, no muy lejos de ahí junto a su amiga.

El asaltante enfocó su mirada en las otras chicas, la luz se prendió al poco rato y al poder deslumbrarlas bien, silbó, haciendo que con pocos segundos de desfase llegaran dos compañeros que sujetaron a las damas de las muñecas.

—¡Suéltenme! —forcejeó Cheryl al igual que Greis a su lado.

—Con esto está bien para pagar las deudas y un poco más, junto con salir —mencionó el que parecía ser él manda más ignorando las peticiones de las chicas.

Tenían miedo, estaban armados y de entre todos las tomaron a ellas de rehenes. Si tan solo no se hubieran quedado más rato por petición suya, pensaba la joven Wright. O quizás si no los hubiera enfrentado, pensaba la joven Roberts. Como también actuar y no sólo hablar, pensaba la joven Redbird. Pero nada de eso no importaba, las tenían consigo sin saber si las liberaría o posiblemente algo peor que no quisieron imaginar.

Caminaron por la puerta trasera para no encontrarse con oficiales que no tardarían en llamar.

—Suban al auto —ordenó otro de los tipos.

—Déjennos ir, tienen su botín —pidió Payton.
—Exacto, pero necesitamos rehenes y qué mejor que la hija del señor Wright —respondió uno mirando a la chica de ojos grises y tomándola de la barbilla.

Greis tenia miedo y las piernas le flaqueaban, al igual que sus ojos se cristalizaban un poco. No creía que la reconocerían con toda esa conmoción, todo ese embrollo ahora era su problema y su culpa, su pecho se oprimió.

—Quítale tus asquerosas manos —escupió la joven Roberts, tenaz como siempre.

Él manda más la miró con rabia.

—Cállala, Ethan —señaló con la pistola. Y siguiendo dicha orden, le taparon la boca con una mordaza.

Al poco tiempo, las otras dos chicas también se encontraban amordazas y una vez en el furgón con los ojos vendados también. El trío de chicas solo se tomaba las manos, al menos si morían -aunque les asustaba la idea de pensar eso- lo harían juntas, sin importar de quien fuera la culpa de la situación.

En súbito momento de no saber nada de donde estas y sentir como abren la puerta del automóvil, apretaron sus manos para luego soltarse. Las tomaron cuales bultos a pesar de tratar de evitarlo un poco, sentándolas en unas sillas terminando de amarrar bien sus manos y piernas.


No sabían si ya llevan minutos u horas, deducían que no había amanecido por las luces aún prendidas casi sobre sus cabezas, pero tampoco sabían con certeza si estaban en un cuarto o un sótano. Angustia y más angustia las envolvía cada instante, el ardor en sus muñecas y tobillos se así más insoportable a cada segundo, sus concentraciones también se ubicaban en el respirar de forma correcta sin poder si quiera tratar de conciliar un sueño que al menos les quitara la angustia y pensar que todo era pesadilla.

A lo lejos podía escuchar murmullos, palabra entre cortadas de sus secuestradores debido al cansancio mental y físico de la situación, que apenas las dejaban tener un idea de lo que hablaban. Luego de un buen rato escucharon pasos que se dirigían, por la cercanía del sonido, a ellas.

Una de las chicas empezó a saltar con fuerza, como si estuviera desesperada, molesta, asustando y alertando al mismo tiempo a las otras dos.

—Tranquilízate, cariño, no sacas nada con hacerte daño forcejeando, no cambiará nada —sonrió con maldad el causante de todo aquello en el mismo tono que la ocasión anterior con la caja registradora.

La afectada era Payton Roberts, a la cual el tipo le estaba pasando la mano por los muslos con intenciones perversas.

Las quejas, palabras y el silencio de todo ese lugar se oyó, para las chicas, interrumpido, al igual como había ocurrido hace pocas horas en la cafetería. El sonido de un vidrio roto se hizo presente, palabras sueltas a lo lejos dando entender que tomasen las armas rápido. Disparos, disparos y más eco de esos disparos rezumbaban al punto de hacerlas algo habitual en ese instante, el miedo aumentó su presencia en sus cuerpos, al igual que parte de la adrenalina de escuchar todo estando a la deriva de un accidente que simplemente podría cortarles la vida.

Para suerte, o parte de ella todas botaron sus sillas frente al miedo cayendo de cara al piso algo lejanos a los trozos de vidrios. En la desesperación de no poder hacer más, simplemente se quedaron ahí reprimiendo sus gritos en las mordazas durante mucho tiempo hasta que de un minuto o segundo a otro pareciera todo haber cesado, no más disparos ni estallidos de vidrio, no más maldiciones provenientes de sus secuestradores, no más puertas ni muebles cayendo con brusquedad al piso.

Sólo silencio.

Los vidrios quebrados sonaban a los minutos siguientes debido a pisadas sobre ellos. Sin saber de quién podría tratarse ni poder distinguirlo, solo se mantuvieron quietas esperando que fuera un policía o un rescate, cualquier cosa que las sacara de ahí. Parecía ser una persona debido al sonido que emitía a cada paso, una vez cerca de los rehenes, la más cercana a su lado Greis Wright, se hincó poniendo sus dedos en el cuello.

—Tiene pulso, aparentemente tampoco sangra, al igual que las otras dos —susurró para si una voz masculina de un tono neutral pero también un deje de alivio al final de la frase.

Antes de que pudieran tratar de hablar notando por el sonido de sus voz que no eran los secuestradores, entró más gente las levantó sacándolas de las sillas y se las llevó. De un principio pataleando y tratando de gritar. Y es que eso era inaudito, pasar de un secuestro a otro era mucho en todos los sentidos.

Rápidamente en un automóvil, distinguido por el movimiento, ahora más tranquilas, les soltaron la venda de los ojos y la mordaza. La luz la cegó unos instantes pero al volverlos a abrir pudieron volver a la normalidad.

La piel se les congeló, tenían a tres tipos de nuevo, distintos a los anteriores apuntándolas con una pistola.

—Necesito que guarden silencio y no griten, las acabamos de rescatar de esos tipos —mencionó uno de los que parecía ser el menor del grupo con la misma voz de antes.

—Si viniste a rescatarnos ¿por qué demonios nos amenazas con una pistola, nos llevas en un auto y no nos liberas manos y piernas? —respondió con ironía y rabia la joven Redbird mirándolo a los ojos sin hacer notar su miedo.

El chico miró a sus compañeros y suspiró para devolver la mirada con sus ojos avellanados.

—Tendrán que pagar el rescate, no somos policías como podrán notar —mencionó serio—. Somos de la mafia —agregó sin dar mayor información.

“¡¿Qué?! ¡¿La mafia?!” pensaban las tres chicas inmovilizadas por completo. No lo entendían ¿Por qué las habían salvado? ¿quién –si es que así hubiera sido- se lo habría pedido? ¿pagarles? ¿cómo harían eso? Y si se reusaban ¿cuáles serían las consecuencias?

Al igual que antes sólo estaban seguras de una cosa, estarían juntas apoyándose hasta el final.


lunes, 24 de octubre de 2011

Un día más en la vida de Cheryl Redbird

El día comenzaba igual a muchos, sólo que éste tenía un tinte distinto. Sus ojos se habían abierto solos minutos antes de lo normal, sin embargo, se sentía como si hubiese dormido horas de sobra. Se restregó perezosamente los ojos, se sentó en la cama y miró hacia la ventana sonriendo: hoy iba a ver a sus amigas. Como estaba en los últimos exámenes no había podido verlas muy seguido, pero desde el día anterior ya no tenía más pruebas que rendir y estaba libre para salir con ellas. Las había extrañado mucho, pero hoy tendrían tiempo para ponerse al día. Le habían dicho que debía estar en el Starbucks de siempre a las cuatro de la tarde. Miró la hora en su celular: eran las siete de la mañana, pero no tenía ganas de ir a la escuela. Ya no tenía nada más que hacer, así que probablemente hoy iba a ser de esos días en los que se va a conversar y a ignorar a los profesores. Normalmente eso le habría agradado, pero hoy no, pues tenía unas incontenibles ganas de ir a andar en bicicleta, sentir la brisa contra sus mejillas, recorrer las calles y sólo pensar. El día estaba agradable y se sentía llena de vida, por lo que un buen paseo por la cuidad parecía algo interesante.

Fue a comer algo, alcanzando a despedirse de su madre quien iba saliendo hacia el trabajo. Se sirvió un gran tazón de leche achocolatada y dejó a su lado la caja de cereales. Comió lentamente, como pocas veces lo hacía por las mañanas. Degustó todo tranquilamente, pensando en mil y una cosa, sin detenerse mayormente en ninguna. Habiendo terminado de comer, lavó los trastes y se dirigió a su habitación nuevamente. Encendió la computadora y le conectó los parlantes. Reprodujo All I want de una de sus bandas favoritas, A day to remember. Sintió como la energía recorría sus venas mientras la música sonaba. Desganchó sus toallas y abrió el agua caliente de la ducha dejando la puerta abierta del baño para poder seguir escuchando la melodía. Lavó su cabello mientras cantaba a todo volumen. Se alegraba de tener la casa sólo para ella en ese momento. Cerró la llave, estrujó su cabello y se colocó una toalla en la cabeza y otra envolviendo su cuerpo. Salió del baño y se vistió con sus típicos jeans y una polera de algodón color azul eléctrico manga corta. Secó su cabellera y cepilló sus dientes para luego maquillarse levemente. Ordenó su típico bolso negro, echando un cuaderno y un lápiz, sus llaves, celular y porta documentos. Ordenó su pieza rápidamente y salió de la casa. Se colocó los audífonos, tomó su bicicleta, la cual era de esas antiguas que a ella le encantaban. Era de color celeste pálido con un canasto blanco. Dejó el bolso dentro de él y comenzó a pedalear, perdiéndose en la cuidad y con cada pedaleo se iba adentrando en sus propios pensamientos.

Rápidamente pasaron dos horas, por lo que retomó el camino de vuelta a casa. El paseo no había servido lo suficiente, había algo que no andaba bien, pero no sabía qué. Odiaba esa clase de presentimientos. Sólo deseaba que esta vez no fuera cierto. No hoy, no hoy que iba a ver a sus amigas. Las extrañaba mucho. ¿Le iría a pasar algo a alguna de ellas? Desechó inmediatamente ese pensamiento de su cabeza y optó por tomar una siesta hasta que llegara la hora de salir nuevamente. Dejó la bicicleta en su lugar y entró a casa. Tiró las llaves sobre el mueble junto a la puerta y se dirigió a su habitación. Observó su cama y la encontró especialmente acogedora. Puso la alarma en caso de que el suelo la venciera y se tumbó sobre el cómodo cobertor de plumas color calipso.

Comenzó a sentir calor y su mente dejó de estar nublada. Abrió perezosamente los ojos y se estiró exageradamente. Miró la hora. Ya era la una de la tarde. Su estómago comenzó a gruñir pidiéndole comida, por lo que bajó a la cocina, calentó los fideos y el último pedazo de pollo que quedaba. Comió relajadamente durante veinte minutos. Recogió la mesa, lavó los trastes y se quedó parada en medio de la habitación. Se sentía extraña, preocupada, y eso comenzaba a alterarla. ¿Se estaba olvidando de algo?

Prefirió olvidar esas sensaciones perturbantes y optó por coger un libro. Subió ágilmente al techo de su hogar y se relajó leyendo el extenso pero interesante libro. Rió a momentos, se emocionó a otros. Soñó con el amor ideal e imaginó una vida perfecta. Todo eso en tan sólo una hora y media.

Decidió que ya era hora de marcharse. Dobló la esquina de la hoja doscientos veintinueve y bajó a su habitación para guardar el libro en su biblioteca personal. Optó por echar un polerón negro dentro de su bolso. Lo cerró y salió nuevamente de casa. Comenzó a caminar con la música resonando en su cabeza. Quería olvidar esa sensación incómoda con los audífonos encajados en sus oídos. Observó todo a su alrededor, los árboles que iba dejando atrás, los autos que pasaban a su alrededor, la gente que caminaba a su lado, alejándose cada vez más de ella, dándole la espalda… De pronto, sin darse cuenta en qué momento, llegó a la cafetería de siempre. Abrió la puerta y se encontró con que sus amigas ya habían llegado. Miró la hora, pero al parecer ellas habían llegado un poco antes de lo acordado, pues eran las cuatro en punto. Ambas se levantaron de inmediato. Las saludó con un abrazo y una gran sonrisa pintada en la cara. Se le habían hecho eternos los días en que no las había visto.

-Ya pedimos, ¿no te molesta? –preguntó Greis con una sonrisa de disculpa.
-No se preocupen, iré por el mío –respondió restándole importancia.
-Te esperamos –dijo Payton entusiasmadamente.

Con cada paso que daba se sentía más incómoda. No sabía si es que sus presentimientos eran verdaderos, pero se tranquilizaba pensando en que ella y sus queridas amigas ya estaban juntas y, si llegase a pasar algo, ellas estarían ahí, junto a ella. Y mientras ellas estuvieran ahí, todo iba a salir bien.

-Disculpa, ¿qué vas a tomar? –preguntó un muchacho mientras ella hacía la fila para pagar, tomándola por sorpresa.
-Un frapuccino mocha, por favor –respondió automáticamente con una sonrisa.
-¿Tu nombre?
-Cheryl.

El muchacho dio la orden y ella rápidamente llegó a la caja, donde pagó su refrescante café. Dejó atrás a la cajera y se dispuso a esperar su café.

-Frapuccino Mocha para Cheryl –llamaron. Ella asistió rápidamente. Dejó atrás la espera. Una pregunta la atormentó: ¿dejaría atrás algo más? En su mente, esa frase, “dejar atrás”, resonaba como un desesperante eco. No sabía qué era lo que la perseguía, qué la incomodaba, ni qué pasaría. Lo único que sabía era que sus amigas la esperaban en aquella mesa y que… su pedido estaba listo.